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    2019-04-11


    CONSIDERACIONES FINALES Como se infiere de los ejemplos revisados en el apartado anterior, podríamos decir que esta suerte de homenaje póstumo concretado en las notas necrológicas de la RF está destinado GDC-0994 figuras intelectuales que sintonizan con la orientación ideológica de la publicación: científicos y educadores, filósofos y periodistas que enseñan desde las páginas de la prensa, políticos que colaboran con el avance de la ciencia y la educación. Mayoritariamente figuras masculinas, la excepcional aparición de una nota necrológica destinada a una maestra no pone en crisis un universo marcado por una concepción de la cultura moderna con roles de género definidos. Intelectuales en sentido amplio, glorias de la humanidad que estudia –como dice un editorial de la RF en ocasión de la muerte de Theódule Ribot,– sus vidas son presentadas, en forma laudatoria y con una finalidad ejemplificadora, apelando a modos discursivos y retóricos de antigua tradición, pero que reescriben las res gestae de estos héroes o santos laicos bajo el signo de unos valores propios de la modernidad, valores marcados por la hegemonía del racionalismo y del cientificismo, por modos de pensar y actuar tributarios del proceso de secularización. La producción de estas notas necrológicas, por otro lado, exhibe convenciones y formas de sociabilidad que transitan entre la institucionalidad de academias y cuerpos políticos y las redes intelectuales o personales más o menos informales, así como ponen en evidencia la complejidad performativa de discursos que pasan de la oralidad a las páginas de revistas universitarias, literarias o científicas de las cuales se hace eco, a su vez, la RF —Physis, Nosotros, Revista de la Universidad, etc.—. En una serie de redes que se van solapando, espesando, los homenajes y sus huellas escritas, las notas necrológicas, son activados por corporaciones que se reflejan en ellos, diseñan los roles necesarios para su consolidación y subsistencia y transforman el discurso laudatorio en programático. Por ello, en cada nueva instancia del recorrido de una nota necrológica, se va modificando el público: de la voz oral que escucharon los asistentes al acto de jubilación de Holmberg o al entierro de Raquel Camaña, a los lectores de la revista científica Physis o de La Semana Médica, al público culto pero ciertamente ampliado de la RF, las notas necrológicas se van resignificando en cada nueva instancia, alterando, total o parcialmente, su funcionalidad. Está claro que en todos los casos se produce una apropiación simbólica de ciertas figuras, mediante un uso selectivo de los datos de su trayectoria vital que lleva a tubulins rescatar determinadas facetas por razones de afinidad intelectual, de comunión de programas de acción, de cercanía ideológica. Algo similar a lo que ocurriría también con la serie de homenajes tributados a la memoria del mismo Ingenieros, a partir de los cuales se conformaron distintas genealogías intelectuales que se legitimaban, todas, en una filiación simbólica con este intelectual. Finalmente, vale la pena mencionar que casi todas las figuras que resultan dignas de estos homenajes póstumos comparten el atributo de la productividad. La condición de productor era ponderada por el mismo Ingenieros en el artículo que dedica a conmemorar al fallecido José María Ramos Mejía, en el cual dice que su maestro “era un productor” y “simpatizaba con todos los productores”, por lo cual “era amigo de aplaudir y estimular, repitiendo que era mejor ocuparse en hacer obras propias que en deshacer las ajenas”. Es sabido, asimismo, que en cada época y contexto hubo un modelo distinto de productor cultural. Centrándose en el caso francés, Christophe Charle ha señalado cómo la figura social del intelectual procede de una tradición que cuenta, entre sus listas, con los clérigos de las religiones reveladas, que habían sido sustituidos por los philosophes u hombres de letras del siglo xviii, el poeta romántico, el artista consagrado al arte por el arte y, desde mediados del siglo xix, el científico. La estrategia de promoción de la ciencia había engendrado la creencia en el científico, no solamente en las élites, sino en toda la sociedad, y por eso los científicos eran celebrados como emblemas nacionales y propugnaban una nueva legitimidad cultural, basada en una meritocracia que no estaba exenta de otras formas de elitismo e, incluso, de cierta ascesis que se había desplazado del terreno religioso al ámbito secular. El capital simbólico acumulado por estos hombres de ciencia, excedía sus especialidades disciplinarias y autorizaba su intervención en el orden político y social. Esto fue muy notable en el caso argentino, donde el protagonismo que adquirió el intelectual-científico fue bien estudiado por Oscar Terán. En consecuencia, no es casual que en una revista que no se desdice de su deuda con el positivismo, gran parte de esas notas necrológicas estén dedicadas a hombres de ciencia y educadores, una modalidad del productor intelectual que entraba en clara sintonía con el proyecto de modernización cultural de la RF.